El perro triste

Junio #005

Cada mañana al oírnos llegar, los cachorros aullaban para que los liberásemos de su encierro. Un simple gancho los confinaba en una caseta de aperos de labranza abandonada, en el que su dueño los encerró, los descuidaba y apenas los dejaba salir.
Aun con su triste circunstancia, los perros eran felices, y cuando les abríamos la puerta, saltaban contentos correteando y moviendo la cola. Agradecían sin duda la libertad temporal, nuestra presencia y nuestra comida, y nosotros sus torpezas de cachorros y su alegre presencia.
Un día, después de abrirles la cancela, uno de ellos cayó a la balsa y se ahogó, y el otro quedó solo en su encierro. Tengo la amarga sospecha que al marcharnos tras acabar nuestros trabajos, nadie más volvió a abrirle la puerta.
Aún hoy, después de treinta años, siento a veces el impulso de ir a buscar a aquel perro, que quedó solo en la oscuridad de aquella caseta, en su infinita tristeza.

Texto: JLV

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