Sangre de los árboles

Febrero #002

Tras el forcejeo, el hacha quedó a un lado. La dríada le miró fijamente a los ojos y le besó apasionadamente antes de separarse de él con un salto acrobático.

-Lárgate y no vuelvas nunca- susurró con rabia contenida. Tenía los ojos cerrados. Una lágrima surcó su bello rostro.

El leñador retrocedió a trompicones y en cuanto se recompuso, comenzó a correr sin descanso. Salió del Bosque Viejo, con las ropas y la piel desgarradas por el tojo y los zarzales y allí en el linde, supo que ya nunca sería el mismo hombre.

Musgo y rocío. Verde castaño, bellota, hidromiel.

Sangre de los árboles.

Aquel beso le perseguiría hasta el final de sus días.

Texto: Alex Nogués Otero

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