Febrero 2012

Nostalgia Pop rosa fucsia

La transición hacia un nuevo lugar siempre es desconcertante. Llevo ya haciéndolo meses y continúa sorprendiéndome. De los tres puntos de color en la pared tengo que tocar con el dedo índice el del centro, coger un paraguas y moverlo para quitarle el agua sobrante de la lluvia y cantar el hit del último verano. Confieso que la primera vez que leí las instrucciones estaba poniendo la lavadora y me encontré el papel entre la pared y el envase del detergente. Pensé que era una receta médica por sus líneas verdes, sus cuadrados delimitadores del espacio y porque rezaba ‘Acetilcisteína. Cada 8 horas’, pero se trataba de un libro de indicaciones para poder entrar en espacios de mi memoria y revivir momentos. Las palabras exactas eran: ‘Podrá volver al escenario donde le pasó lo primero que le pase por la cabeza’. Y así ha sido. Llevo ya unos cuantos viajes: he estado en mi colegio cuando llevé por primera vez gafas, en casa de mi abuela cuando me enseñó su cicatriz del abdomen, he visto el jardín aquel que me fascinó en mi excursión al Montseny, he pisado el suelo que me costó un resbalón y que me amorató el ojo durante semanas… Todo tan y tan interesante que a veces cuando veo el telediario pienso que la realidad está en mis tres puntos y no en noticias económicas desastrosas (perdón por la redundancia), guerras con soldados Chacón (dícese de los que van a conflictos como quién va a un campamento de verano de los escoltas)… Bah, esos no es actualidad ni es nada. La actualidad, la mía, está sin duda en los tres puntos rosas. Así que si quieren probarlo no tienen más que alquilármelos. Pactaremos el precio, no se preocupe, y a cambio le aseguro que repetirá.


Foto: Annick Galimont   Texto: Georgia L.

 
Puntos de fuga

Su voz retronaba en aquella enorme aula. Nadie le quitaba ojo de encima, mientras él caminaba de un lado a otro de la tarima jugueteando con un trozo de tiza.

-La ciudad nos engulle. Su arquitectura nos recuerda que la uniformidad, la repetición y la geometría son las leyes que rigen nuestros días. Pero en todo ese orden, que nos subyuga y nos hace ceder, hay pequeñas grietas, puntos de fuga.

Solo hay que seguir las líneas que lo componen todo, buscar su origen, su convergencia. Encontrar el principio absoluto de todo. Ese no es más que el punto. La mínima expresión. La sencillez. La libertad. El punto es el principio y el final de toda geometría y, por tanto, de todo orden.

Aquel profesor que hablaba con tanta gravedad, escondía en todos los alegatos sus ansias de rebeldía juvenil ante todo lo impuesto. Lo cierto es que nos tenía el corazón ganado, o por lo menos a mí. Auto CAD Guevara le llamábamos entre risas. Y él, el reía también al oírlo. Sabía que lo que decía removía más de un espíritu y eso le agradaba. Más aún que impartir clases de arquitectura. -Sin reacción no hay cambio-, solía decir.

Al salir de allí no pude evitar observar lo que me rodeaba. Esas líneas grises que, tal y como el nos acababa de contar, nos engullían y nos hacía pequeños y manejables.

Me paré en una esquina y busqué. Busqué con la mirada el punto donde convergía todo aquello. Un punto de fuga. Y la palabra “fuga” resonó en mi cabeza. Rebotó en mis sienes y llegó justo a la punta de mis pies. Empecé a correr. Corría en dirección a ese punto que escondía todas las respuestas, con la esperanza de que, tal vez, encontrarlo me permitiría cambiar algo.


Foto: Noemí López   Texto: M.V.

 
Rompecabezas

Andaba cabizbajo y pensativo. Su vida había entrado en un bucle de autosatisfacción, un sopor epicúreo que, en contra de sus, hasta la fecha, firmes convicciones, le hacía sentir vacío. Cenas, cines, teatros, bares, noches trasnochadas, muchas lecturas, falsa filosofía…

Entonces ocurrió, tal y como ocurre en las series americanas, donde el doctor da con la cura o el detective con el asesino gracias a un hecho casual que rompe las barreras del intelecto. Allí, en medio del sucio gris de la ciudad, una gran ficha de un puzle infantil. Podía reconocerla. Era la segunda ficha por la derecha de la segunda fila de un puzle del Libro de la Selva que de pequeño reconstruía con su hermana una y otra vez. Una sonrisa sincera y abierta le secuestro el rostro. Su corazón palpitó con fuerza, bombeando la sangre a zonas remotas y resecas de su cerebro y se fue feliz, cantando como si fuera el mismísimo Baloo.

Al llegar a casa, tiró a la basura todos los preservativos que encontró y unos cuantos libros y películas en los que había confiado sin éxito la resolución de su crisis existencial.

Se estiró desnudo en el sofá y espero pacientemente que llegara su novia.

Sí quiero. Quiero tener ese hijo.


Foto: Annick Galimont   Texto: Alex Nogues Otero

 

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