Enero 2013

Abril #008Leve como el aire
 
 
 

Al niño se le escapa el globo.

No llora.

Esta vez no.

Mira como se eleva lentamente. La distancia entre ellos es cada vez mayor.

Pasa por su lado un hombre maloliente, andrajoso, que grita y tose roncamente. Todo el mundo se aparta. El niño se olvida del globo. Su mirada persigue ahora el caminar renqueante del hombre.

Finalmente se ha caído al suelo.

Tiene convulsiones.

Se queda inmóvil.

Nadie hace nada. Yo tampoco.

La gente se marcha. El padre tira fuertemente del brazo del niño que no puede dejar de mirar.

Yo no me marcho, pero no hago nada.

Soy el único testigo. Solo yo.

Ese globo que se eleva, llevándose algo más que aire.

Una mísera vida y la inocencia, robadas.


Foto: Ester Diego Barragán Texto: Alex Nogués Otero

septiembre 001Quien soy
 
 
 
 
 
 

¿No pueden dejarme en paz? ¿Acaso yo me meto con alguien? No hay manera, todas las tardes sale algún gracioso que, chascando la lengua con sonoro desprecio, dice aquello que a los cánidos les resulta tan denigrante: “Fuera, chucho”. Di que a mí me da igual lo que digan, estoy de vuelta de todo. Desde pequeñito, cuando todos mis hermanos andaban locos detrás de algún hueso, yo me pirraba por las zanahorias. Siempre salía ganando, apenas tenía competencia en aquella casa. Después, cuando decidí emanciparme y tuve que ganarme la vida yo solito, aquello que para cualquier otro en mis circunstancias hubiera sido un lastre difícil de sobrellevar, a mi me ofrecía la posibilidad de realizarme y me permitía vivir con cierto desahogo. Nunca faltaba quien me lanzara una manzana o algún manojo de verdura aún en buen estado. Y ahora, por fin, casi todos los vecinos me llamaban Cebraloca.


Foto: Noemí López Texto: Diego Pérez Carpeño

ODIOOdio
 
 
 
 
 
 

— No voy a dirigirte la palabra nunca más — le dijo con lágrimas en los ojos — Lo que has hecho es imperdonable.

El asesino clavó los ojos en él. — No necesito tu perdón, Diego. Y el de ellos… jeje… ya no lo puedo conseguir.—

Estallaron en risas al unísono.

El asesino se limpió la sangre que moteaba su cara con la mano y arrastró las lágrimas de Diego con el gesto.

Se alejó del espejo.

Tenía la intención de apuñalarse por la espalda. Estaba harto de su compañía.


Foto: M.V. Texto: Alex Nogués Otero

El abuelo y el yonkiEl abuelo y el yonki
 
 
 
 
 
El Abuelo sale de su piso una soleada mañana de otoño. Es lunes y no hay mucha gente por la calle, algún jubilado como él, alguna señora con bolsas de la compra, una inmigrante sudamericana empujando la silla de ruedas de un hombre mayor. El Abuelo no puede evitar imaginarse sentado en una silla de esas, siendo empujado por alguien a quien no conoce. Algo deprimido se acerca a un cajero a sacar dinero. Después va a una tienda de comestibles donde compra pan, periódico y un pack de tres latas de atún. Cruza la calle y se sienta en un banco del parque. Los arboles han empezado a perder sus pequeñas hojas, que la ligera brisa acaba amontonando contra las paredes o a los pies de los bancos. El Abuelo coge una lata de atún de la bolsa, la abre y la deja en el suelo. Después saca el periódico y comienza a leer. No tardan en aparecer los dos primeros gatos, que conocen ya la rutina del Abuelo. Él los observa de reojo, aparentando indiferencia, pero agradecido por su compañía. De pronto una sombra obstaculiza su lectura. Levanta la mirada. “La pasta abuelo” le dice El Yonki que había visto como El Abuelo sacaba dinero del cajero. Lleva una navaja en la mano. “La pasta coño”. Acompaña esta última frase con una patada a la lata de atún. Los gatos salen corriendo. El Abuelo intenta meter la mano en el bolsillo para hacerse con su cartera, pero esta temblando tanto que le es imposible. “Venga joder” susurra El Yonki, nervioso. El Abuelo entonces siente un intenso dolor en el pecho, después en el brazo. Se desmaya. El Yonki siente pánico y decide desparecer de allí, pero un maullido llama su atención. Un gato negro, acurrucado debajo del banco, lo observa tranquilamente. Su mirada hace que al Yonki, que siempre ha sido algo supersticioso, le recorra un escalofrío. Mientras se aleja del parque no puede dejar de pensar en esa mirada. Tan ensimismado camina que no se fija en que el semáforo está en rojo y el taxi demasiado cerca como para poder frenar a tiempo.


Foto: Alex Nogués Otero  Texto: Jon Igual Brun

INEDITOInédito
 
 
 
 
 
 
 
A modo de camastro, el escritor se había hecho un hueco en las estanterías de la biblioteca. Entre los libros de Gabriel García Márquez; pensó que así le resultaría más fácil soñar por las noches. Durante el desayuno, la comida, la merienda y la cena, se sentaba en gruesos tomos de la enciclopedia británica y devoraba libros. Entre comida y comida, se dedicaba a escribir, salvo en raras ocasiones cuando charlaba con las ratas, con las que había entablado una recia amistad. Solo salía de la biblioteca para satisfacer sus necesidades excretoras, aunque no pocas veces se ahorraba el viaje y utilizaba sus evacuaciones como vanguardistas críticas mordaces. Por las noches, se acostaba en su incómodo estante y cuando los sueños no le llevaban a Macondo, soñaba con coger un libro y ver su nombre escrito en él. Su nombre, la única parte de si mismo que jamás había entrado en la biblioteca.


Foto: M.V.  Texto: Alex Nogués Otero

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