julio 2013

espectEl último espectáculo
 
 
 
 
El Payaso odia su trabajo. Hace malabares para los niños. Con aros, mazas, pelotas, lo que sea. En cumpleaños, fiestas de barrio, escuelas, donde sea. Se pinta la cara de blanco y cubre su calva con un sombrero de copa. Se pone una nariz de pega, como de bruja piruja. Sus zapatos, extremadamente grandes, le dan un aire torpe, como si fuese un enano patizambo. Camina encorbado y simula que se tropieza cada dos por tres. Los niños ríen siempre que se cae. Pero lo que más gracia les hace es cuando simula que se tropieza mientras hace malabares. Los objetos caen encima del Payaso sin piedad, mazas, aros, pelotas, lo que sea, y los niños ríen sin parar. El Payaso odia sus risas. En ocasiones, aguanta haciendo malabares más tiempo del habitual, hace algún truco que le costó años perfeccionar, con la esperanza de que alguien aprecie su habilidad. Pero los niños apenas lo perciben. Al contrario, se alteran, se impacientan, e incluso le acaban arrojando algún trozo de comida. Lo único que quieren es ver como sus objetos se desploman encima de él. Si es desde muy alto, mejor. Así que siempre acaba simulando que tropieza, y los objetos lo golpean sin piedad, pelotas, aros, mazas, lo que sea. Una y otra vez. Día tras día. Y los niños ríen y ríen. Pero ya no lo soporta más, este será su último espectáculo. El Payaso muestra los aros a los niños, que aplauden emocionados. Simula un pequeño tropezón. Los niños ríen. Como odia sus risas. Comienza a lanzar los aros. Con cuidado. Los niños contienen la respiración, atentos. El payaso percibe su ansiedad, cada vez mayor. Entonces lanza los aros muy alto. Algunos niños comienzan a reír, intuyendo lo que viene a continuación. Pero esta última vez será diferente. El Payaso, sereno, observa los aros que se eproximan hacia él. Cierra los ojos y su boca dibuja una sonrisa. Solo él sabe que esos aros son especiales. Solo él sabe que unas cuchillas, bien afiladas, los rodean.


Foto: M.V.  Texto: Jon Igual

sesEslabones
 
 
 
 
 
 
 
Asomada al balcón, espera. La luz de aquella tarde de invierno le calienta el rostro. Primero oye su vocecita y luego los ve salir del portal; llevan un lento caminar. El andar estudiado de su padre. Los pasos cortos y juguetones de su hijo. Hace un esfuerzo y les saluda. “¡Hasta luego mamá!” grita contento el niño. El abuelo sonríe solo con los labios. Apenas se atreve a mirarla. Se van a la vera del río. Allí tiraran piedras, charlaran y dejaran que las horas pasen. Y ella descansará, aunque es lo último que quiere. Aborrece estar tan cansada. Desearía estar allí abajo y con una mano coger la mano de su padre y con la otra la de su hijo; ocupar así su eslabón en la cadena. Una cadena que muy pronto y contra natura se romperá para siempre.


Foto: Saúl Esclarín  Texto: Alex Nogués Otero

ocreverdeazulgrisOcre, verde, azul y gris
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Corre. Ríe. Canta.
Huella el ocre del camino contra el viento. Hasta dónde la vista alcanza, se encrespa el mar de verde trigo. El canto se eleva y se confunde. ¿Es la melodía azul o quizás su risa, el cielo? Crecen grises nubarrones. Pronto parece que siempre estuvieron allí. Poco antes de alcanzar la encina, la tormenta irrumpe y anega. Esta vez, como todas las veces, el diluvio lo arrastra al mismo sitio. Su cuerpo distante, su cama y una pequeña ventana desde donde ve el estrecho mundo: ocre, verde, azul y gris.


Foto: María Sol Texto: Alex Nogués Otero

0303:23 A.M.
 
 
 
 
 
 
 
 
Subimos por la escalera y seguimos los pasos del chico. Nos ha dicho que es un local de sus padres que usaban de almacén. Que tenían una tienda de ropa, Modas Madrid, que si la conocemos. Que disculpemos el desorden, que sólo va él de vez en cuando allí, ya sabéis. Y sonríe. Sonríe y nos mira. Después, abre la puerta y camina en penumbra hasta la lámpara de pie. Cuando enciende la luz, vemos un maniquí desnudo y ladeado. Se gira y nos sonríe otra vez, la llamo Laura, como mi amor de parvularios, si es que soy un romántico. Suelta una carcajada y señala un colchón con las sábanas desordenadas que hay en el suelo. ¿Os apetece una copa? Creo que tengo algo de whisky de la semana pasada.


Foto: Noemí López  Texto: Olivia Martínez Giménez de León

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • Aviso:

    Licencia Creative Commons


    Todas las obras contenidas en este blog están bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported.

  • noviembre 2017
    L M X J V S D
    « Abr    
     12345
    6789101112
    13141516171819
    20212223242526
    27282930  
  • Enter your email address to follow this blog and receive notifications of new posts by email.

    Únete a otros 51 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: